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    <title>La Pipia</title>
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      <category>Poetry</category>
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  <title>El abrazo de La Isla</title>
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  <pubDate>Fri, 11 Sep 2026 15:59:40 +0000</pubDate>
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    <dc:creator>Florencia Fraga</dc:creator>
    <category><![CDATA[Voluntariados]]></category>
    <category><![CDATA[Naturaleza]]></category>
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</style><div class='beehiiv__body'><p class="paragraph" style="text-align:left;">El 12 de junio de 2026 debíamos llegar a nuestro primer voluntariado. Estábamos en Valencia y la única manera posible de llegar al pueblo destino era en ómnibus. No fue posible. No nos permitieron subir con Numa, salvo que fuese en un transportín y en bodega. Lo cual no sucedería ya que no estamos viajando con transportín, ni la iba a someter a un viaje en bodega de dos horas en pleno verano.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">En Uruguay, Numa viajó durante mucho tiempo en ómnibus y en bodega, porque era la única opción de movernos que teníamos. Siempre me aseguraba de viajar en horas que la temperatura no fuese un problema, tanto en verano como en invierno. Y, de hecho, ella hizo todos esos viajes sin problemas. Pero esta vez, las condiciones no estaban dadas.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Taxi y billetera mediante, llegamos a destino. Habíamos aterrizado en Madrid desde Uruguay hacía cuatro días con un resfrío descomunal. El cambio de clima, la liberación de todo el estrés y los nervios por concretar la aventura estaban pasando factura.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Uno de los motivos por los que tomé la decisión de hacer un cambio radical en mi vida es porque me sentía presa en la oficina. Sí, presa. El encierro me estaba ahogando. La ciudad me abrumaba cada día más. Necesitaba estar al aire libre, actividades que implicaran pasar tiempo en la naturaleza. Y llegamos a la casa de esta señora, que ha creado su isla (como ella la llama) de modo tal que la vida puede transcurrir 100% afuera. Rodeada de montañas, ella creó un paraíso verde en el que caminara por donde caminara encontraba un rincón acogedor para sentarme a leer un libro, para escuchar a los pájaros, para contemplar la naturaleza. Solo se duerme adentro, el día completo transcurre al aire libre. Sí, inclusive ducharse.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Llegamos a la isla al atardecer, nos esperaba ansiosa y con algo de tomar. Una mesa servida en su patio y las luces tenues de la noche. Fue un abrazo sin necesidad de brazos. Si hubiésemos planeado elegir un lugar con la mayor calidez posible para tener nuestra primera experiencia de voluntariado, no hubiésemos sido tan afortunados con la elección.  </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">“Yo cocino, ustedes lavan” fue la única regla que nos puso. Regla esencial de la vida que de hecho siempre he aplicado.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">El día comenzaba con un desayuno que no tenía nada que envidiarles a los buffet. El sol iba de a poco saliendo atrás de la montaña mientras charlábamos sobre diversas cuestiones de la vida. No había urgencia. El tiempo era el necesario para permitirnos saborear cada alimento sobre la mesa, para dar cierre a cada tópico que se generaba.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Nuestra anfitriona es una mujer que le encanta compartir con personas nuevas, intercambiar puntos de vista, anécdotas, filosofar sobre la vida. Una mujer sabia que tiene la capacidad de escanearte el alma. No se le escapa un detalle. Y nos abrió las puertas de su casa de una forma tal que me hizo sentir cómoda desde el primer instante.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">El acuerdo en este voluntariado era que ella nos ofrecía alojamiento y todas las comidas a cambio de cinco horas de trabajo al día y dos días libres a la semana. Realmente, aun dando todo de nuestra parte y cumpliendo con lo acordado, sentíamos que estábamos en deuda. Porque cuando nos dijo “yo cocino, ustedes lavan” no nos esperábamos que fuese la cocinera que es.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Comida casera, sabrosa, creativa y con entusiasmo, con amor. Era muy fácil percibir cómo disfrutaba hacer cada uno de los manjares que probamos. Siempre acompañados de una copita de vino o de un verdadero tinto de verano preparado también por ella.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Al otro día de haber llegado, nos propuso que saliéramos en bici a conocer la zona y en la tarde nos daría un paseo por uno de los pueblos cercanos. Descubrimos no estar en tan buena forma como creíamos ante el primer repecho de montaña que se nos presentó. Sin embargo, no había opción de rendirse y seguimos camino hasta la laguna. Agua verde resguardada entre las montañas y una paz que te regeneraba el alma. Un par de mates por allí y emprendimos la vuelta en bajada, disfrutando del aire en la cara y de la adrenalina por la velocidad natural que se generaba.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">“Nos vamos” dice ella y le saca el cobertor al Renault Megane azul del 2008. Apenas atravesamos el portón, se detiene y accionando un par de botones el techo comienza a abrirse y plegarse. Acto seguido le pide ayuda a nuestra compa de voluntariado para buscar en su guantera un CD en particular. Lo mete en la disquera del auto y con la voz de Mariza sonando empezamos a movernos.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Tristán, que fue el primero en subirse al auto ni bien abrimos sus puertas, iba en el asiento de atrás entre Lea, Numa y yo. Levantando su hocico para alcanzar el viento que le volaba todo su flequillo y barbilla. Tiene ojos color miel y el pelo largo blanco y marrón claro. De mirada intensa y dulce, Tristán es de esos compañeros que le gusta estar a tu lado pero sin que lo toques demasiado. Es hijo de Cala, una perrita que nuestra host encontró casi desnutrida en el campo hace casi trece años, a la que no le gustan nada los paseos en auto. Ambos, no le pierden pisada a nuestra anfitriona. Siempre atentos a cada movimiento de ella y asegurándole que están ahí para acompañarla.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Como voluntarios, nuestro deber fue ayudarla a restaurar unos sillones de madera que tenían un significado especial. Un juego de living que imponía presencia con sus enormes piezas, y con un diseño de mucho trabajo en sus respaldos. Lijarlos, sacar toda la silicona vieja, volver a colocarles silicona nueva, pintarlos y luego barnizarlos. Una semana para lograr el objetivo. Lo vimos fácil, hasta que empezamos a hacerlo. “No hay como hacer el trabajo para entender el valor que tiene” dice el dicho.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Los días transcurrían y nosotros seguíamos intentando liberar cada recoveco de los respaldos de la pintura vieja y suelta. Entremedio, ella nos sorprendía cada día más con el plato que nos esperaba en la mesa, tanto en el almuerzo a la sombra de los árboles, como en la cena a la luz de las estrellas. Ni hablar de las tertulias interminables por las que perdíamos la noción del tiempo y nos íbamos a dormir a la una de la mañana. “Hoy cenamos y dormimos temprano” decíamos cada día, nunca lo cumplíamos. Por suerte.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Al atardecer, salíamos a caminar por los caminos vecinos. Las montañas entrelazadas, el sol que se escondía tras ellas. La calma del entorno. Numa, Cala y Tristán cada cual a su ritmo, nos seguían el paso.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">“Cuando era niña pasaba mucho tiempo en la casa de mi tía. Recuerdo dormir la siesta en estos sillones. Los amaba. Hace unos años me llamó para decirme que me los mandaba por barco. Quería que yo me quedara con ellos. Ella sabía que sería un gran recuerdo para mí, de mi infancia, de ella.” Solo podía pensar en eso mientras veía que nos quedaban dos días y mucho trabajo pendiente. No podíamos irnos sin terminarlos.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Por unanimidad, decidimos que ese día trabajaríamos hasta terminar de pintarlo. Sin importar las horas que nos llevara. De manera que, al otro día, nuestro penúltimo día completo en la isla, quedara solo la tarea de barnizarlos. Luego de descansar y hacer la digestión en alguno de los tantos rincones cómodos y verdes, continuamos el trabajo. Cuando creíamos terminar, cambiábamos la perspectiva y allí estaba, ese pedacito diminuto entre el tallado que aún no estaba lo suficientemente blanco. Seguíamos. Hasta que el sol empezó a hacernos notar que se iba terminando la tarde.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">La mañana siguiente, finalmente, dimos el último paso. El barniz.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Nuestra anfitriona tiene un ritual con todas y todos los voluntarios que por allí pasan: enseñarles a preparar una verdadera paella valenciana. Ella va dando el paso a paso, y la persona va ejecutando. “Hay que empezar la paella” dice, mientras los tres dábamos los últimos pincelazos. Así que enviamos a Lea como encargado de la ejecución en la cocina mientras nuestra compa y yo terminamos los detalles que quedaban en los sillones y ordenábamos el caos artístico que había en el patio.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Los volvimos a colocar en su lugar y todo tomó forma. Muy lejos de ser unos restauradores profesionales, muy lejos, pudimos hacer un buen trabajo. Y lo importante, al parecer, es que ella quedó contenta con su imponente juego de patio en un reluciente blanco. Volvía a tener vida.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Comiendo la paella desde la propia paellera, deleitándonos con tantos sabores en nuestra boca y observando el trabajo hecho, nos empezábamos a despedir. Justo ahí, en ese momento en que todo ya me resultaba tan cotidiano. Cuando empezábamos a sentirnos amigas y amigos de toda la vida, tocaba despedirse.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Qué difícil puede llegar a ser el camino por delante, después de toparme con una experiencia tan extraordinaria. Cómo haría para recalibrar las expectativas de nuestros próximos voluntariados después de semejante conexión. Estaba desbordaba por la gratitud.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Debíamos dejar la isla a las ocho de la mañana para llegar a tiempo a nuestro tren, el que nos llevaría a nuestro próximo destino. Una vez más, desayunamos en grupo, con la calma de todos los días. Dejando apenas asomar la nostalgia sobre la mesa.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Esta vez el abrazo fue de brazos. De brazos apretados y ojos empañados.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"></p><h2 class="heading" style="text-align:left;" id="bajo-la-mirada-de-cala">Bajo la mirada de Cala</h2><p class="paragraph" style="text-align:left;">Me gusta dormir en el sillón de afuera. Bajo el porche. El almohadón ya tiene mi forma y me queda tan cómodo. Además, el sol me despierta al salir frente a mí. Aunque la montaña me da una hora de ventaja para dormir un poquito más.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">De todas maneras, mi día comienza cuando ella abre la puerta. Esa es la señal de que un pocillo con leche me espera en la cocina. Ahí justo al final del corredor.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Mi hijo es más mimoso, a veces se le escurre entre sus sábanas. Yo lo dejo. Sé que la está cuidando y yo duermo más tranquila. Estoy atenta, pero tengo mis años. Ya no soy tan ágil como antes, aunque nadie lo nota, salvo que ella mencione los años que tengo.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Prepara el desayuno y nos sentamos afuera. Yo de un lado, mi hijo del otro. Uno a la vez vamos recibiendo nuestra porción de tostada con queso crema y un trocito de jamón serrano recién cortado. Me gusta tanto que no puedo ni pensar en saborearlo, necesito comerlo tan rápido como pueda. Mi hijo, sin embargo, tiene esa habilidad. Lo come lento, bocado a bocado. Yo lo envidio un poco, porque mientras él lo sigue degustando a mí me gana la ansiedad por la segunda ronda.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Las siestas de la mañana son al lado del estanque que hay a uno de los costados de la casa. Está tranquilo, hay mucha sombra y las ranas aún no empezaron con el chismerío intenso.  </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Cerca del medio día me acerco al frente de nuevo. Controlo que todo esté en orden, paso a saludarla, ver si está bien. Relojeo a mi hijo de lejos, sin que se dé cuenta. Con todo bajo control, voy por mi segunda siesta bajo el árbol de albaricoques. Dicen que ronco. En realidad, emito ese sonido para que crean que no estoy lo suficientemente atenta, cuando en realidad sí. Más que nada cuando ella tiene visitas. Esas personas que se mueven con ella y rondan la casa algunos días.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Para la hora del almuerzo, sin hacer mucho alarde, me ubico en mi lugar. Cerca de la mesa. Lista para deslumbrar con mi audacia si es que algo se cae de ahí arriba. A veces tengo suerte y simplemente me lo ofrecen. Muy pocas. Ella dice cuidarme del sobrepeso por mi espalda. En mi opinión, tengo bastante margen, no sé por qué tanta preocupación.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Las siestas post almuerzo son las mejores. Ella descansa en su cama, mi hijo se escabulle entre los helechos para dormir profundamente. Toda la casa queda tranquila. Duermo profundo.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Me despierta el ruido del agua. Es ella regando su isla. Nuestra isla. Voy a mi sillón un rato y contemplo la tarde. Hasta que llega el momento del que siempre trato de huir: la caminata por la montaña. ¡Qué pereza! ¡Si estamos tan bien acá! Mirá los colores del cielo, no necesitamos salir. Y ahí la veo, llamándome desde el portón. Mi hijo ya adelante, impaciente por empezar el paseo. Les doy el gusto, me levanto y salgo.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">¡Uy! Hay algo acá, a ver. Me meto entre los arbustos. “¡Cala! ¡Cala!” escucho a lo lejos. “¡Vamos mi niña! ¡Vamos Calita!” ella ya sabe que no me resisto a ese tono de voz. Apuro mis patas a todo lo que pueden responder y los alcanzo. Estamos en la cima. Es verdad, todo es aún más lindo desde acá.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Ella hace sus saludos al sol y yo descanso llenándome un poquito más de vitalidad.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Dicen que si hago la equivalencia de mis años a años humanos, ella y yo tenemos casi la misma edad. Pensar que podría haber muerto a mi corta vida. Ella me salvó. Ella me vio y desde ese día no hemos dejado de mirarnos.</p><div class="custom_html"><div style="display:flex; flex-wrap:wrap; justify-content:center;"><img src="https://beehiiv-images-production.s3.amazonaws.com/uploads/asset/file/738a685f-a7c4-4e8f-a8fc-6574aded03f8/IMG_4581.jpg?t=1789136971" style="width:45%; margin:5px; border-radius:8px;"><img src="https://beehiiv-images-production.s3.amazonaws.com/uploads/asset/file/cfa80336-8bd7-41a5-8f4a-7a8631f1f236/IMG_4302.jpg?t=1789136875" style="width:45%; margin:5px; border-radius:8px;"><img src="https://beehiiv-images-production.s3.amazonaws.com/uploads/asset/file/6454d0fe-05e1-43d3-b5b5-218a8ac3720c/IMG_4544.jpg?t=1789137169" style="width:45%; margin:5px; border-radius:8px;"><img src="https://beehiiv-images-production.s3.amazonaws.com/uploads/asset/file/ace2133d-1385-4008-ab58-0cb1c7a4b550/IMG_4339.jpg?t=1789137281" style="width:45%; margin:5px; border-radius:8px;"></div></div><hr class="content_break"><ul><li><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>Para el voluntariado apliqué por </i><i><a class="link" href="https://www.worldpackers.com/es/positions/53221?promo=LAPIPIA13&utm_campaign=LAPIPIA13&utm_medium=referral&utm_source=affiliate" target="_blank" rel="noopener noreferrer nofollow">Worldpackers</a></i><i> y con el código LAPIPIA13 tenés un descuento en tu membresía </i>😉</p></li><li><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>Todas las fotos de la experiencia las encontras en </i><i><a class="link" href="https://www.instagram.com/p/DdFA3giDfIh/?utm_source=ig_web_copy_link&stkn=MzRlODBiNWFlZA==" target="_blank" rel="noopener noreferrer nofollow">mi instagram</a></i><i> </i>🙂 </p></li></ul></div><div class='beehiiv__footer'><br class='beehiiv__footer__break'><hr class='beehiiv__footer__line'><a target="_blank" class="beehiiv__footer_link" style="text-align: center;" href="https://www.beehiiv.com/powered-by?publication_name=La+Pipia&utm_campaign=609abc2a-bc59-4d04-9543-65af4a6e213a&utm_medium=post_rss&utm_source=la_pipia">Powered by beehiiv</a></div></div>
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  <title>El inicio de la aventura</title>
  <description>Dejando una identidad atrás</description>
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  <pubDate>Thu, 30 Jul 2026 12:38:36 +0000</pubDate>
  <atom:published>2026-07-30T12:38:36Z</atom:published>
    <dc:creator>Florencia Fraga</dc:creator>
    <category><![CDATA[Voluntariados]]></category>
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</style><div class='beehiiv__body'><p class="paragraph" style="text-align:left;">Cada vez que sonaba el despertador no quería levantarme. Me pesaba el cuerpo. Mi cerebro vivía en alerta escapando del león que no existía.  ¿Para qué? ¿Qué de todo eso estaba dejando una huella? ¿En qué estaba contribuyendo? Sí lo sé, muy existencialista. Pero eso picaba mi sien todos los días cual pájaro carpintero.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Hace un par de años me senté conmigo misma y tuve esa conversación incómoda que venía evitando: aceptar que la vida que tenía me estaba consumiendo.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Me generaba ansiedad pensar en crear una vida que luego fuese mi propia cárcel. Una vida que se pareciese a una rueda de hámster, donde no se puede parar porque deja de funcionar. Las palabras del Pepe Mujica que tenía escritas en la pizarra de mi cocina hacían eco cada vez más fuerte:</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>“Si no te planteas un objetivo o una causa, la sociedad de mercado te va a encuadrar, y te vas a pasar la vida pagando cuotas”</i></p><p class="paragraph" style="text-align:left;">En cada nota o entrevista que él mencionaba esto, hacía la aclaración de que no se refería a causas como salvar el mundo, sino a esa causa u objetivo que se convierte en el motor de tu día a día. La que sea que te enciende, te mueve, te motiva. La que te hace sentir vivo.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Ignorar ese malestar ya no era una posibilidad, así que tomé la decisión: renunciar a mi trabajo, vender todas mis cosas y quedarme con una mochila. Bueno, y alguna cosita más. El plan: construir una nueva vida.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Una sola cosa podía boicotear la idea. Y era mi mayor miedo. Aun sintiéndome entre la espada y la pared, o más bien, entre lanzarme al vacío o hundirme por completo.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">A los 23 años había terminado mi carrera universitaria. A los 28 había hecho un posgrado. Trabajé durante 15 años en todo lo que tiene que ver con mis estudios. Si ya no es el camino que quiero seguir ¿qué hago entonces? ¿quién soy si no soy la contadora?</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Jamás me lo había preguntado. De hecho, ni siquiera sé el motivo por el cual hice la carrera que hice. No es que me arrepienta, simplemente no sé cómo llegué ahí.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Ese fue mi punto de partida, descubrir quién soy, qué me gusta, qué disfruto, en qué soy naturalmente buena. Un camino que en verdad ya había comenzado años antes cuando decidí empezar terapia. Solo que no tenía esa premisa per se, pero que sin dudas es parte de este proceso.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Fueron tiempos de mucho autoconocimiento, de sacar afuera todo lo que incomodaba y a partir de eso regenerarme. Descubrirme. Sin embargo, las excusas para hacer el movimiento seguían apareciendo. “Cuando tenga todo resuelto”, “cuando consiga un trabajo remoto que me pague bien”. Y el tiempo seguía corriendo.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">“Si no pongo una fecha, no va a suceder” me dije, mientras el miedo afilaba sus colmillos.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">En el medio de esa lucha conmigo misma, algo inesperado sucedió. Conocí a alguien que tenía en su mente el mismo plan. Alguien que estaba atravesando el mismo dilema existencial de tener una vida con todos los privilegios, pero un tanto vacía.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Por primera vez, alguien me entendía 100%. Alguien me leía la mente, o simplemente, verbalizaba su situación y yo me veía totalmente reflejada en ella.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Ahora el tiempo corría mientras uníamos las ganas y las fuerzas para que el plan dejara de ser un sueño. Sin excusas, sin peros y sin trabas todo tomó una velocidad surreal. De repente el plan que iba a ejecutar sola transcurría entre dividir los pendientes, recordarnos el objetivo uno al otro cuando el cansancio ganaba, reírnos en medio del caos y atravesar juntos los nervios. No es que no lo fuese a lograr sola, de hecho, desde muy chiquita aprendí a ser autosuficiente, al nivel de confundir “ser independiente” con la necesidad de ser vista por lo bien que resolvía todo sola. Comportamiento que, a lo largo del tiempo, pasa factura. Me ha llevado años aceptar que todo se suaviza un poco más cuando es de a dos, cuando te animas a pedir ayuda y aprendes a recibirla.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Con el plan en marcha, muchas herramientas bajo el brazo, o más bien en el cerebro, pero sin nada concreto para que nos generara ingresos en el corto plazo, comenzamos a investigar sobre las posibilidades de viajar haciendo voluntariados. En cualquier rincón del mundo, con la actividad que se te ocurra y con diversas posibilidades de intercambio, descubrimos que podíamos ir moviéndonos, ofreciendo horas de trabajo por estadía y comida. Conocer personas locales, hacer tareas manuales, ayudar y ser parte de proyectos de personas, familias o emprendimientos nos motivó aún más. Sobre todo, por el hecho de ver un impacto inmediato y real de nuestros esfuerzos y tiempo. Una forma también, de resetear nuestra mente del multitasking y devolverle al cerebro su ritmo normal.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">El 11 de enero de 2026 sacamos pasajes, un mes exacto después comuniqué mi renuncia y al 17 de mayo, a menos de un mes de irnos, ya teníamos los voluntariados que nos aseguraban estadía hasta mediados de agosto.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Hoy a casi dos meses de estar viajando, miro para atrás y tengo la sensación de que todo pasó muy rápido. Y a la vez, pienso en aquel 11 de enero cuando sacamos los pasajes y parece que pasaron siglos. Ha sido un camino largo, profundo e intenso hasta acá. Muchas horas de preparación, de ejecutar listas y listas de tareas. Un proceso que ha demandado gran parte de mi tiempo en estos últimos años, y también dinero. Ni hablar de lo que implicó <a class="link" href="https://www.instagram.com/p/Daa0X0nFD-g/?utm_source=ig_web_copy_link&igsh=MzRlODBiNWFlZA" target="_blank" rel="noopener noreferrer nofollow">vaciar una casa mientras seguía viviendo en ella</a> y ver cómo toda una identidad iba quedando atrás, cómo una versión de mí moría.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">No hui de mi hogar, simplemente necesitaba moverme. Salir de mi zona de confort. De mis ámbitos conocidos. Ponerme en jaque para dejar atrás las excusas y de una vez por todas, como dice <a class="link" href="https://www.instagram.com/untonga___?utm_source=ig_web_button_share_sheet&igsh=ZDNlZDc0MzIxNw==" target="_blank" rel="noopener noreferrer nofollow">@untonga__,</a> “crear lo que queremos”.</p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/ab45cfb0-4cab-4757-99a0-fc0fedae48f8/IMG_4794.jpg?t=1785414649"/></div><p class="paragraph" style="text-align:left;">No fue una decisión de un día para el otro. Fue el cierre de un ciclo que hace tiempo pedía reestructurarse. Y me tenía tanto miedo a mí misma, de autoboicotearme, de hacerle caso a esa vocecita que te susurra que estás loca, que nada va a salir bien, que cómo lo iba a lograr, que era imposible. Que conté la noticia a mis amigas, amigos y familiares cuando ya tenía todo listo. Cuatro meses antes del inicio de la aventura.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">No recibí ni una sola reacción negativa. Todo lo contrario, tuve el apoyo y el aliento que necesitaba. Las palabras y los abrazos que me traje conmigo. Hasta me sorprendió la cantidad de veces que me dijeron “qué valiente”. Tenía tan incorporado el proceso del cambio que estaba ejecutando, que había perdido la dimensión del movimiento. Por suerte, me lo remarcaron.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">No tengo idea hacia dónde iré, o más bien, qué desencadenará todo esto. Sin embargo, es la primera vez en mis 36 años (casi 37) que me siento tan tranquila en tanta incertidumbre. Es la primera vez que me siento libre. Y también, de las primeras veces que estoy orgullosa de mí.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Lo soñé, lo planeé y lo ejecuté.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Aplasté ese GRAN miedo, fallarme a mí misma.</p></div><div class='beehiiv__footer'><br class='beehiiv__footer__break'><hr class='beehiiv__footer__line'><a target="_blank" class="beehiiv__footer_link" style="text-align: center;" href="https://www.beehiiv.com/powered-by?publication_name=La+Pipia&utm_campaign=64af126d-60ab-4e50-bc4e-3cfb224fed04&utm_medium=post_rss&utm_source=la_pipia">Powered by beehiiv</a></div></div>
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  <title>La costa de Chubut, cuna natural para la reproducción marina</title>
  <description>Refugios de la naturaleza.</description>
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  <pubDate>Sat, 04 Jul 2026 15:45:04 +0000</pubDate>
  <atom:published>2026-07-04T15:45:04Z</atom:published>
    <dc:creator>Florencia Fraga</dc:creator>
    <category><![CDATA[Naturaleza]]></category>
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</style><div class='beehiiv__body'><p class="paragraph" style="text-align:left;">El viento traslada el frío que penetra hasta los huesos. La ola rompe fuerte contra la orilla, a la vez que genera una sensación de calma, relajando cada uno de mis músculos. Estoy parada sobre la arena gruesa de la playa “El Doradillo”, a metros de la orilla. Y allí están, justo antes de que se arme la ola. Respiran y es deslumbrante. El aire sale con la fuerza y el sonido de un compresor en acción. Inmediatamente después, el agua se expulsa en forma de V por los dos espiráculos, cerrando el espectáculo. Sus crías juegan junto a ellas; se giran como quien hace la plancha sobre el mar, y así reciben mimos de sus bebés. Puerto Madryn es refugio para la reproducción de las ballenas australes que llegan allí cada junio. Sus aguas tranquilas les permiten criar y educar en paz a los ballenatos durante los primeros meses de vida. Ese periodo inicial es clave para que las crías aprendan cómo sobrevivir en las aguas profundas durante los próximos 100 años. Doce meses de conexión interior durante la gestación, más seis o siete meses de conexión exterior durante el amamantamiento.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Doscientos kilómetros más al sur, se encuentra Punta Tombo, la mayor colonia del mundo de pingüinos de Magallanes. A partir de setiembre, comienzan a llegar los machos y luego las hembras, que serán cortejadas para iniciar la etapa de apareamiento. La pareja se encuentra año a año y permanece allí de seis a ocho meses. En octubre, excavan la tierra para crear su nido y se dedican a la par durante cuarenta días, a incubar los pichones que nacerán a fines de noviembre y principios de diciembre. Madre y padre se turnan para cuidar del nido, y pueden llegar a bucear hasta 600 km de la costa en busca de anchoítas, calamares y otros peces.<br>Si bien son especies diferentes, tienen una amenaza en común: la gaviota. La sobrepoblación de este animal, a causa del incremento de basurales y plantas pesqueras, ha desencadenado un cambio en su dieta. Desde los años noventa esta ave incorporó la piel de las ballenas en su alimentación. ¿Acaso solo para mí la imagen de la gaviota posada sobre la ballena significaba un momento inocente? Quién diría que un mamífero de dieciséis metros de largo y de hasta cuarenta toneladas puede sufrir por un ave que pesa un poco más de un kilogramo. Durante mi visita a Puerto Pirámides empaticé con el dolor que sintió una de las gigantes del mar ante el picotón de una gaviota. La mamífera disfrutaba, junto a su cría, de estar sobre la superficie hasta que el ave se posó sobre ella y, tras unos segundos, clavó su pico amarillo sobre la piel del cetáceo. El dolor se tradujo en un movimiento brusco, arqueándose de tal forma, que el lomo se sumergió mientras su cabeza quedaba totalmente fuera del agua, así como su cola. Este es el comportamiento que la ballena austral desarrolló para liberarse del sufrimiento. Mientras tanto, el ballenato ingenuo aún, ya estaba tomando lección sobre cómo comportarse ante dicha amenaza.<br>Para los pingüinos de Magallanes, el riesgo no es sobre ellos, sino sobre sus huevos y sus pichones recién nacidos. Si bien la gaviota siempre fue un depredador conocido por esta especie, la sobrepoblación que han experimentado, derivó en un aumento en los ataques a los nidos. Problema que se visualiza claramente cuando las ves sobrevolar en manada las 210 hectáreas de Punta Tombo.<br>Tanto las ballenas como los pingüinos están de paso por las costas de Chubut. Durante noviembre y diciembre comienza la migración de los gigantes adultos, salvo las madres con crías aún pequeñas, que lo harán a fines del verano austral. A esa altura, la cría ya se alimenta sola y está fuerte como para emprender la migración hacia las aguas más frías y abiertas del Atlántico Sur. El momento de separarse para siempre de su madre ha llegado.<br>En cambio, en los pingüinos, las crías tienen su primera experiencia migratoria junto a sus padres. Para enero y febrero, las crías ya cuentan con un plumaje juvenil que les permite hacer las primeras aproximaciones al mar. Será para marzo y abril que logren nadar y alimentarse solos, determinando que están listos para emprender la migración hacia aguas más cálidas, como lo son las de las costas de Uruguay y Brasil.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Estos dos puntos geográficos, junto con la Península Valdés, son claves para la investigación, estudio y seguimiento de la fauna marina. Las ballenas australes tienen una característica particular que funciona como una huella digital: parches de piel engrosada y rugosa que aparecen en la cabeza, alrededor de los ojos, en la mandíbula y en la parte superior del rostro. Están colonizadas por pequeños organismos llamados cianófagos (piojos de ballena) y balanos (crustáceos), que les dan un tono blanquecino o amarillento. Cada una tiene un patrón único e irrepetible, permitiendo a los científicos identificarlas año a año por estas zonas.<br>Si bien los pingüinos también tienen un diseño único en la franja negra del pecho y presentan manchas particulares en la cara y el cuello, identificar a cada individuo por esas referencias, requiere de una observación muy minuciosa. Algo a favor, es que el pingüino de Magallanes vuelve año a año al mismo lugar para reproducirse, es monógamo (mientras ambos integrantes de la pareja vivan) y el lugar donde hacen el nido suele mantenerse. De todas formas, solo a los efectos científicos, se les puede llegar a colocar anillos o microchips para facilitar su seguimiento.<br>En Puerto Pirámides y Punta Tombo me sentí por primera vez una visitante del mundo natural, una observadora a la merced y cuidado de las especies. Simplemente posarme allí, armarme de paciencia y contemplar cómo cada animal se desenvuelve libre. Ambos lugares apuntan fuerte a la conservación de las especies y si bien dan lugar al ser humano, se hace desde un lugar de cuidado profundo priorizando siempre la tranquilidad de los animales y guardando cuidado de que sea la naturaleza misma la que determine el equilibrio.<br>Recuerdo la sensación de plenitud al ver las ballenas tan cerca de mí, escuchar su respiración, ser espectadora de las danzas entre madre y cría. Lo inexplicable de caminar entre miles de pingüinos y ser testigo del compañerismo y compromiso que tienen como especie ante su reproducción. Llegué a tener la ilusión esperanzadora de que existían lugares en los que el ser humano se entiende como mero visitante y respeta ese rol. Pero no, mientras recorría el sendero de madera (dispuesto como única vía de circulación para las personas) y donde el ritmo del tránsito es determinado por los pingüinos, vi cómo una pareja de turistas se salía del camino y sacaban su dron con el cuidado de no ser vistos por el guardafauna, ya que es un elemento prohibido en el lugar por lo molesto que puede resultar para las aves que están anidando. ¿Por qué somos tan egocéntricos? ¿Cuál es el límite de la banal ambición de lograr una imagen exclusiva a costa de vulnerar espacios naturales y animales para obtenerla? ¿Por qué nos es tan complejo respetar el orden y tiempo de la naturaleza, de los animales?<br>Observar el ritmo armónico con el que madre y cría se trasladan por el mar, la fuerte conexión que generan mediante el contacto físico y el juego. La comunicación sensorial entre los pingüinos, generando esos alaridos únicos para reconocerse entre ellos. La resiliencia de ambas especies ante los cambios ambientales ocasionados por el comportamiento humano, generándoles nuevas amenazas constantemente. Todo esto me reveló que tener la capacidad de contemplar la naturaleza con paciencia no es un regalo que nos hacemos, sino un privilegio que debemos honrar con respeto.</p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/5dc95456-ea2a-48d8-b416-45d36050a459/image.png?t=1783178989"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Playa El Doradillo, Puerto Madry - Argentina</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/cf788ba3-d58b-444c-8175-e2af24f5bd84/image.png?t=1783178967"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Punta Tombo, Chubut - Argentina</p></span></div></div><p class="paragraph" style="text-align:left;"></p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="/images/attachment:f2fec952-d77e-47e2-96cb-447b75ee3d4a:image.png"/></div><p class="paragraph" style="text-align:left;"></p><p class="paragraph" style="text-align:left;"></p><p class="paragraph" style="text-align:left;"></p><p class="paragraph" style="text-align:left;"></p></div><div class='beehiiv__footer'><br class='beehiiv__footer__break'><hr class='beehiiv__footer__line'><a target="_blank" class="beehiiv__footer_link" style="text-align: center;" href="https://www.beehiiv.com/powered-by?publication_name=La+Pipia&utm_campaign=4cfd6757-8425-4a29-9fe6-0943940d66d0&utm_medium=post_rss&utm_source=la_pipia">Powered by beehiiv</a></div></div>
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  <title>El norte argentino y los tiempos del alma</title>
  <description>Donde el tiempo parece detenerse</description>
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  <pubDate>Sat, 06 Jun 2026 02:13:51 +0000</pubDate>
  <atom:published>2026-06-06T02:13:51Z</atom:published>
    <dc:creator>Florencia Fraga</dc:creator>
    <category><![CDATA[Naturaleza]]></category>
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</style><div class='beehiiv__body'><p class="paragraph" style="text-align:left;">“Es como si el tiempo no pasara” comentó una mujer alemana con la que compartíamos vista privilegiada a la Iglesia San Francisco, desde una piscina de dos metros por uno. Allí, cinco personas adultas, una niña y un bebe, disfrutábamos de la única actividad posible en aquel medio día de domingo, donde el calor seco e intenso se hacía presente.</p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/ca2a77bb-2e4f-4c1f-8268-b221c8451b65/Iglesia_San_Francisco_dia.jpg?t=1780710735"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Iglesia San Francisco - Salta, Argentina</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/b3d53c98-d452-424d-a8cb-9c24fde45181/Iglesia_San_Francisco_noche.jpg?t=1780710912"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Iglesia San Francisco - Salta, Argentina</p></span></div></div><p class="paragraph" style="text-align:left;">En un español prácticamente perfecto, ella nos contaba que muchos años atrás vivió en Argentina: eligió el país para un intercambio de estudio y durante ese período aprovechó a recorrer gran parte del territorio. Hoy, acompañada de su familia, volvía para unas vacaciones.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Un motivo especial de la elección del destino era visitar a una amiga de aquellas épocas de estudio, también alemana, que decidió quedarse a vivir montaña adentro tras enamorarse de un lugareño. Hasta el día de hoy, ella sigue intentando descifrar el acertijo de cómo su amiga logra vivir en un lugar donde “el tiempo no pasa”. Una apreciación que toma fuerza cuando salís de Salta “La Linda” y recorrés caminos perdidos montaña adentro.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">El paso por Salta fue fugaz, aunque no por eso limitante para hacer lo posible por recorrerla y disfrutar de sus calles. Un taxista local nos asesoró sobre el típico arte de <i>coquear</i> —masticar hojas de coca formando el acullico, ese pequeño bolo que se coloca entre la encía y la mejilla— y, con su discurso en tono convincente y de <i>expertise</i>, se hizo de una propina. Dos días después de nuestra llegada, con nuestro primer paquete de hojas de coca en mano, junto a mis dos amigas emprendimos ruta por el Norte argentino. Recorrer estas regiones era un deseo que tenía en mente desde hacía mucho tiempo, y por fin se estaba realizando.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Recorrimos 1.564 kilómetros en auto para visitar Cachi y dormir en una cabaña donde nos peleábamos por la tarea de lavar los platos, con tal de contemplar la inmensidad de las montañas por el ventanal. Continuamos por la árida Quebrada de las Flechas hasta llegar a Cafayate y sus frondosos viñedos. Llegar a Purmamarca desde Cafayate significa atravesar la ruta 68, donde nos perdimos en la fusión de los colores: el rojizo de las rocas, el verde del pasto, el amarillo de lo árido, el azul del cielo.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Las Salinas Grandes nos impactaron con su extensión, mientras que Tilcara y Humahuaca nos regalaron senderos entre quebradas de rocas naranjas, serranías de colores y cascadas. El viaje terminó en San Salvador de Jujuy, donde el paisaje se transforma con la humedad de la yunga jujeña —la selva subtropical de montaña que se desarrolla en las laderas orientales de los Andes—, como se aprecia al recorrer el Parque Nacional Calilegua.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Tengo momentos de este gran viaje muy anclados en mi mente. Uno de ellos es el camino a Iruya con Ignacio: un pueblo al que, para llegar, hay que transitar senderos sobre las nubes. Fueron varias horas de viaje por las montañas mientras escuchábamos historias de la región en la voz del locatario. Por momentos, el acento cerrado norteño, sumado al sonido del motor de la 4×4, nos dificultaba seguir el hilo de la historia, pero no fue impedimento para seguir atentas a cada relato. Ignacio nos contaba sobre las costumbres locales, sobre la esencia de cada pueblo y sobre cómo era la vida en ellos. Su relato se entrelazaba con los paisajes que descubríamos a lo largo del camino y me conectaba aún más con la experiencia de estar allí.</p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/0a88b753-d66d-430c-a440-bfa2704bbcf2/image.png?t=1780711212"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Iruya bajo las nubes - Argentina</p></span></div></div><p class="paragraph" style="text-align:left;">Otra de las vivencias que marcó este viaje sucedió luego de recorrer la Quebrada de las Señoritas. Ese día el cielo estaba totalmente despejado y la temperatura fue la ideal para recorrer los largos caminos entre paredes de rocas. Una vez finalizado el recorrido, decidimos almorzar en Uquía.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>“¿De dónde nos visitan?”</i> pregunta la joven que trabaja en “Lo de Lidia”, un restaurante establecido en la casa de la mismísima Lidia, donde se lucían varios diplomas por elaborar el mejor <i>tamal</i> del Norte.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>“De Uruguay” </i>respondemos.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>“De seguro son todas enfermeras o doctoras”</i> exclama con seguridad la joven.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>“No, no”</i> respondemos entre tímidas sonrisas.</p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/d09fd3b1-1422-4b8b-a0cd-e790364cebba/image.png?t=1780711321"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Quebrada de las Señoritas, Uquía - Argentina</p></span></div></div><p class="paragraph" style="text-align:left;">Sus ojos negros brillaban y su rostro dibujaba una expresión de orgullo y anhelo que me estremeció. Ese instante dejó huella en mi alma. El hecho de que la joven diera por hecho que teníamos una formación terciaria me hizo consciente de nuestros privilegios. No somos enfermeras ni médicas y, sin embargo, las tres tuvimos la posibilidad de elegir entre futuros posibles. Una realidad que no se da para todas las personas y que este intercambio, que podría haber sido efímero, me reveló por completo. <b>Hay una energía particular en toda esta zona de Argentina: se percibe en el aire y al conversar con la gente. Y esto hace que el cuerpo vibre diferente.</b></p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/ced8a527-7f84-4959-a6d0-f39223777d0f/image.png?t=1780711350"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Purmamarca - Argentina</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/69eeb936-dac4-4092-be5f-08f96439f85e/image.png?t=1780711362"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Purmamarca - Argentina</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/06de9d5e-e965-40e5-a9a5-8aa54c08024e/image.png?t=1780711560"/></div><p class="paragraph" style="text-align:left;">Caminar por las callecitas de los pueblos de por aquí, y sobre todo por Purmamarca, es pasear por el paraíso artesano.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Aflora toda la riqueza musical y poética en cada peña —esas reuniones donde predominan los ritmos folklóricos como la zamba, la chacarera o el malambo— mientras el aroma de las tortillas a la parrilla recién preparadas enamora. De hecho, la expresión cultural ha sido un arma de resistencia en estas regiones, y mantiene viva la memoria de N. P. Viltipoco, cacique omaguaca oriundo de Purmamarca que reunió a los pueblos de la Quebrada y guio la lucha por su permanencia. Irene Marks lo expresó en uno de los poemas de su libro <i>Antigales:</i></p><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i><b>“…Buscan las piedras</b></i><br><i><b>la llaga abierta de tu indomable vena.</b></i><br><i><b>La encuentran y se incendian.</b></i><br><i><b>No fue de infierno esa luz.</b></i><br><i><b>En la ensangrentada rosa</b></i><br><i><b>de la roca encendida</b></i><br><i><b>en Purmamarca,</b></i><br><i><b>más allá del arrebol de todos los ocasos,</b></i><br><i><b>tu sangre está y estalla.”</b></i></p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/3acdc1cc-f58f-47fa-be9c-26ee4036b863/image.png?t=1780711611"/></div><p class="paragraph" style="text-align:left;">Recuerdo toparme con el monumento a este cacique y encontrarle un especial sentido a la leyenda grabada en él:</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>“Pero el alma no se vende, ella siempre ha de quedar, en lo profundo del tiempo, que queremos recobrar”</i></p><p class="paragraph" style="text-align:left;">¿Será entonces que en realidad no es que el “tiempo no pasa”, sino que, por estas latitudes, los tiempos son los del alma? Tiempos lentos, de presencia y de registro, para darle espacio a la mente de interpretar la respuesta que el cuerpo ya percibió.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Mi cuerpo tiene memoria de las sensaciones experimentadas durante mi estancia por el Norte argentino. Cierro los ojos y puedo sentir el aire cálido en mi cara, el sol iluminando firme mi corona, mis ojos encandilados por el resplandor del cielo y, al mismo tiempo, maravillados por el naranja deslumbrante de la Quebrada de las Señoritas. La emoción de caminar sobre los doscientos doce kilómetros cuadrados de las Salinas Grandes, las mismas que llevan allí millones de años. La de tener frente a mí un arcoíris impreso en la tierra, como lo es el Hornocal, serranía a más de cuatro mil metros de altura que me obliga a hacerme consciente del trayecto completo de mi respiración. Saborear una empanada norteña y refrescarme con una cerveza fría luego de una larga caminata por visitar la Garganta del Diablo.</p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/13aed799-a076-4424-b412-45d42e70e81b/image.png?t=1780711682"/></div><p class="paragraph" style="text-align:left;">Ya lo dijo Don Atahualpa Yupanqui, aquel cantor y poeta de raíz que retrató en su música el pulso lento del campo:</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>“Para el que mira sin ver, la tierra es tierra nomás”</i></p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Las comunidades del Norte argentino, su gente y su cultura logran transmitirte el fuerte amor y arraigo por sus tierras: el sentido de la existencia y lo importante de estar agradecidos con la Pachamama, pues es ella quien todo nos da. La tierra provee a los pueblos tanto del material para elaborar los ladrillos de sus casas como del espacio para cosechar su comida y criar sus animales. Cada agosto, las comunidades se brindan a la Pachamama festejándola, pero especialmente contemplándola, honrándola y entregándole ofrendas en forma de agradecimiento. Pues no hay vida sin la bondad de la tierra.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Por estos lados del mundo se entendió perfectamente que los tiempos de la naturaleza son sabios, y que respetarlos es la manera de vivir en ella y gracias a ella. El Norte argentino ve y siente con el alma su tierra; no la mira nomás. Y yo vuelvo a mi país atravesada por este modo de existir. <b>El comentario de aquella mujer alemana aún resuena en mi mente, como lo hizo durante todo mi viaje, porque ahora entiendo que no es que el tiempo “no pase” por estas latitudes, sino que es a mí a quien se le escapa</b> en la vorágine de las grandes urbanizaciones y en las urgencias que esfuman mi presencia consciente.</p><hr class="content_break"><p class="paragraph" style="text-align:left;"><i>Este artículo fue publicado en la revista </i><a class="link" href="https://viajarycrear.com/es-como-si-el-tiempo-no-pasara/?utm_source=www.lapipia.com&utm_medium=newsletter&utm_campaign=el-norte-argentino-y-los-tiempos-del-alma" target="_blank" rel="noopener noreferrer nofollow"><i>Viajar y Crear</i></a><i> de </i><a class="link" href="https://www.instagram.com/schooloftraveljournalism/?utm_source=www.lapipia.com&utm_medium=newsletter&utm_campaign=el-norte-argentino-y-los-tiempos-del-alma" target="_blank" rel="noopener noreferrer nofollow"><i>School Travel and Journalism</i></a></p><p class="paragraph" style="text-align:left;"></p></div><div class='beehiiv__footer'><br class='beehiiv__footer__break'><hr class='beehiiv__footer__line'><a target="_blank" class="beehiiv__footer_link" style="text-align: center;" href="https://www.beehiiv.com/powered-by?publication_name=La+Pipia&utm_campaign=a0432d55-9530-4dab-b4d3-876728587904&utm_medium=post_rss&utm_source=la_pipia">Powered by beehiiv</a></div></div>
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  <title>La memoria del alma</title>
  <description>Mi primer GRAN viaje</description>
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  <pubDate>Wed, 25 Feb 2026 03:00:00 +0000</pubDate>
  <atom:published>2026-02-25T03:00:00Z</atom:published>
    <dc:creator>Florencia Fraga</dc:creator>
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    <div class='beehiiv'><style>
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</style><div class='beehiiv__body'><p class="paragraph" style="text-align:left;">“Flor, están publicados los resultados de Finanzas” dice el SMS. Mi cuerpo se paraliza y escucho cómo bombea mi corazón. Giro mi cabeza, mi amiga duerme en el sillón. Me levanto sigilosamente y salgo en busca del primer ómnibus que me deje cerca de la Facultad. Son las tres de la tarde. Las conversaciones entrelazadas me apabullan y el tránsito montevideano parece ser el de diciembre, pero es febrero. Me bajo. Camino a paso firme. Entro y me abraza el aire fresco que corre por el antiguo Hospital de niñas y niños Dr. Pedro Visca. Ya estoy frente a las listas con los resultados del examen. Mi dedo índice recorre hacia abajo la hoja buscando mi apellido, ahí está. Respiro hondo intentando desacelerar mi corazón que va a la velocidad de un F1. Mi dedo ahora se mueve hacia la derecha buscando la palabra mágica: APROBADO. Es 25 de febrero de 2013, me recibí, soy Contadora Pública. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Ese momento tan ansiado de levantar el trofeo del esfuerzo y la constancia estaba sucediendo. Cinco años después había llegado a la meta. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Hoy, parada en el camino, miro atrás y me doy cuenta de que la facultad me ofreció mucho más que una profesión. Me regaló amistades y me facilitó vivir la experiencia más transformadora de mi vida: salir al mundo. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">En Uruguay, desde los años cincuenta, la Facultad de Ciencias Económicas de la Universidad de la República abre llamado para crear los “Grupos de Viajes”. Consiste en reunirse semanalmente con cuatrocientas o quinientas personas durante un año y medio para organizar un viaje de varios meses. Un viaje que, en realidad, comienza desde la primera asamblea. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">En mi caso, participé 32 días del viaje académico, pero viajé un total de 127 para recorrer dieciséis países. Los días “no académicos”, los compartí con diez personas más. “Hola Mundo”, nuestro subgrupo, surgió de un rejunte, como decimos acá en Uruguay, entre personas con las que ya mantenía una amistad, otras que eran amigas de esas amistades y otras que para ese entonces eran desconocidas. Hoy, diez años después, somos un gran grupo de amigas y amigos que hace lo posible por reunirse año a año para seguir compartiendo. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">El 22 de marzo de 2015, un domingo de cielo cerrado en Montevideo, entre voces entrecortadas por la emoción, abrazos largos y con la arenga digna de una hinchada barra brava formada por el grupo de familiares de “Hola Mundo”, atravesamos la puerta del aeropuerto. En mi mano, apretaba una imagen de la virgen que me dio una de mis hermanas. “Hace tiempo ya que el catolicismo no es parte de mi vida” pensé mientras la observaba. Sin embargo, cerré fuerte mi mano y guardé aquel sticker. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Por primera vez me subo a un avión. El cuerpo se me pega a la butaca por el despegue. Atravesamos el umbral de nubes y el sol me obliga a cerrar los ojos. Los abro lentamente y noto que floto sobre un colchón de nubes. Un portal se había abierto y no lo sabía. Un mundo desconocido me esperaba y me demandaría presencia.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;">La relatividad del tiempo hizo que en mi vida el 23 de marzo de 2015 no exista. Despegué un domingo, viajé 16 horas y arribé en Auckland un martes. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Para inaugurar el viaje, sucedió lo tan temido: una valija no llegó a destino. Ceci debió sobrevivir los tres días destinados a recorrer la isla norte de Nueva Zelanda con la muda de ropa que muy inteligentemente todas y todos habíamos puesto en la mochila que iba en cabina. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">No es simple convivir 24/7 con personas que no conoces en profundidad. Sin embargo, ya con dos días enteros de viaje, todo fluye. Cada cual va tomando su rol dentro del grupo y somos como un gran engranaje que una vez encastrado, marcha a ritmo sostenido y tranquilo. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Es 26 de marzo de 2015, son las tres de la mañana y tenemos varios puntos claves por resolver dentro de las próximas tres horas, antes de nuestro vuelo a Christchurch. El primero, es dejar a parte del grupo en el aeropuerto doméstico para que adelanten el check-in. Mientras tanto, el resto va por el aeropuerto internacional en búsqueda de la valija de Ceci, vuelve al aeropuerto doméstico, hace entrega de la van alquilada y se reúne con los demás para tomar el avión. Todo se logró, pero con un percance. Cuando nos entregaron el vehículo, la rentadora nos dio una hoja A4 con detalles importantes, el principal resaltado en amarillo: las indicaciones para la devolución y ubicación del buzón donde debíamos depositar la llave. Hoja que desapareció en el idilio con las primeras 48 horas de aventura. No logramos llegar al buzón sin ese mapa, así que decidimos dejarla en el estacionamiento del aeropuerto con la llave debajo de la alfombra del asiento del conductor, tomar el avión y llamar desde Christchurch para explicar lo sucedido. La persona que nos atendió no dio crédito ante tal proceder, pero para nosotros lo importante era validar que la camioneta había quedado donde la dejamos y que no la habían robado. Sensación que un neozelandés tampoco entendería. En esa sociedad no existe la desconfianza hacia el otro. ¿Por qué alguien se llevaría una camioneta que no es suya? </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">En la isla sur, nos esperaba una nueva aventura: recorrerla en motorhome. El deslumbre ante el despliegue de la naturaleza era tal por parte de todo el grupo, que cuando llegamos al Lago Wanaka, armamos un picnic para el almuerzo y colocamos las once sillas en fila mirando el lago. Entre mates, cervezas y refuerzos (fiambre y queso entre dos panes) conversábamos y contemplábamos las montañas sobre el horizonte de agua. Una pareja de adultos mayores que caminaba por allí se nos acerca:</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"> - “May I ask what you are looking at?” </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">- “The beautiful view we have of the lake&quot; </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Nuestra respuesta fue automática y prácticamente al unísono. La pareja volteó la vista hacia el lago y mirándonos nuevamente, nos esbozó una sonrisa antes de seguir su camino. Es loco como las personas nos acostumbramos tanto a lo que tenemos en frente todos los días, que perdemos la capacidad de apreciarlo una y otra vez. Retomé mi contemplación del Wanaka y disfruté de la brisa fría pegando en mi cara. La misma que ondulaba el agua del lago que me encandilaba por el reflejo del sol de mediodía. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Atrás había quedado Nueva Zelanda y Sydney la noche que arribamos a Bali. Descubrimos que el tránsito allí es de esos que se rigen por las famosas “leyes de la selva”. Que los monos son grandes habilidosos cuando de robar comida se trata. Y que en “Gili T”, como la llaman ellos, no circulan vehículos, pero la recorres en bici en menos de una hora. Fue también donde aprendimos nuestra primera frase en un idioma que no fuera inglés: Terima kasih – gracias. A partir de ese momento, ante cualquier intercambio o conversación con una persona local, no dudábamos en usarla. Sentíamos que era una forma de ser más cercanos, de crear una conexión real. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">A esta altura del viaje, nadie había tomado dimensión de que esto era tan solo el comienzo. Todos estábamos con la sensación de cuando te vas quince días de vacaciones y pronto te toca volver la rutina. Y como buenas vacaciones los momentos de diversión no faltaban. El Universal Studios de Singapur nos regaló uno de ellos. Después de una hora de fila para visitar, según creíamos, un parque temático egipcio, nos dimos cuenta de que en realidad estábamos a punto de subir a una montaña rusa en total oscuridad. Noticia que no resultó nada divertida para mi amiga Vale, que odia las montañas rusas. Diez años después tengo grabada su cara de pánico con ojos desencajados frente a la desesperación de no poder evitar tal situación. Había una sola salida y era luego de atravesar el juego. La adrenalina fue tanta, que, a partir de ese momento, me empezaron a gustar los parques de diversiones. Fue desesperante y divertido a la vez ir a toda velocidad sin poder anticipar lo que venía. Solo restaba soltar el control y gritar la euforia. Lo mismo que estaba empezando a hacer con toda esta gran aventura. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Singapur fue la antesala perfecta para el siguiente destino: Japón. Luego de viajar prácticamente durante el día entero, estábamos en Tokio. La llegada a la noche solo dio para chequear el clima y reorganizar el itinerario dándole prioridad al Mount Fuji. Ante una bienaventurada visita, tuvimos el privilegio de ver los últimos cerezos en flor encuadrando al Monte Fuji en el cielo despejado. La buena suerte no quedó allí. De regreso al hostel, mientras descansábamos las piernas del largo día sentados en las butacas del subte, nuestro desaforado español fue interrumpido: </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">- “Are you part of a sports team?” </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Una muchacha joven de sonrisa grande y su atuendo de oficina observaba con intriga nuestros uniformes tras sus lentes de marco negro y grueso. Cada grupo de viaje diseña y entrega un conjunto de prendas a cada participante, el cual tiene estampado el logo de la generación. Yako, quedó impresionada de nuestra historia sobre el por qué estábamos en Japón. Decidió bajarse antes de su parada para seguir conversando con nosotros mientras caminábamos por las calles de Tokio. En el medio del camino, nos propuso visitar el templo Senso-ji y realizar el ritual omikuji para consultar por nuestra suerte. Bajo su guía, cada uno sacudió una caja cilíndrica hasta que salió un palito con un número, con el cual buscamos la cajita correspondiente y allí encontramos el papel que predecía nuestra suerte. El ritual dice que, si es buena, debes conservar el papel. Si es mala, debes atarlo en el templo para que la mala suerte se disipe. Mi papel lo conservo en mi casa a la vista. Cada vez que lo observo y leo, revivo aquella noche fría en las calles de Tokio en la que terminamos los once abrazados a Yako, con los ojos vidriosos de gratitud. ¿Por qué alguien luego de su extensa jornada laboral, pudiendo llegar a casa temprano para cenar algo calentito y descansar, optaría por pasar más de dos horas con un grupo de jóvenes desconocidos? Es el fuerte sentido de servicio de la cultura japonesa. Ellos se enfocan en el por qué y para qué, de lo que hacen. La motivación pasa por el efecto que causan en otro, en la sociedad o el bien común. Yako fue la encarnación de la cultura Omotenashi, esa que se anticipa a las necesidades del otro antes de que puedan ser expresadas, con una hospitalidad que abriga y que está atenta a cada detalle para que la experiencia sea memorable. Y sí que lo fue. Este encuentro inesperado nos demostró que las mejores experiencias muchas veces no están en la ruta planeada y que estar abiertos a lo que el camino nos presenta puede regalarnos grandes momentos. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Habíamos inventado un parámetro propio para evaluar la satisfacción sobre los hospedajes: la densidad del colchón. Nueva Zelanda se había llevado un 8, el hostel de Sydney había quedado con un tímido 7, ya Bali y Singapur habían escalado a un maravilloso 9. Pero en la última noche en Japón, el promedio cayó a pique cuando decidimos dormir en los pasillos del aeropuerto esperando nuestro vuelo a China. Nada que un camping con ingenio, mates de por medio y charlas reflexivas, no solucionaran. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Llegar a China por primera vez, luego de haber visitado Japón también por primera vez, fue un gran shock. Países muy cercanos, pero con culturas antagónicas. Mientras que en Japón prevalece el orden y el servicio, en China se requiere de mucha supervivencia e intuición. La recorrimos con un papel en mano donde estaba escrito en chino la dirección del hospedaje. Precaución que no alcanzó cuando a las diez de la noche un taxista, luego de hacer dos cuadras, frenó e impetuosamente con golpes al auto, ademanes efusivos y palabras que no entendíamos, nos hizo bajar. Es de noche, no tengo idea dónde estoy, tengo miedo y no sé cómo volver al lugar donde me hospedo. La desesperación también atraviesa el cuerpo de mis amigas. El bloqueo que esa situación me generó hizo que no tenga recuerdos de cómo logramos volver. Mi siguiente imagen de ese día es estar caminando por un supermercado, intentando encontrar algo que se asemeje a una comida conocida. La impotencia estaba a flor de piel: no lograba resolver cómo comunicarme. Nadie habla inglés, a nadie le interesa tratar de entenderte y los carteles solo están en el idioma local. Sin éxito para encontrar algo que oficie de cena, frustradas, enojadas y con hambre pedíamos a gritos irnos de ese país. Pero los desafíos no iban a terminar esa noche. En Shangái, tuve la oportunidad de hospedarme en el campus de la universidad donde se desarrolló uno de los cursos académicos. La primera mañana recibimos como desayuno un huevo duro sin pelar, un sachet de leche, un choclo hervido y un omelette desbordante de aceite, sueltos dentro de una bolsa de nylon transparente. La primera hora que debió impartirse el curso, fue un tanto caótica, ya que se destinó a desarrollar las quejas (muy duras a mi parecer) sobre el desayuno. Hoy tantos años después, veo el gesto de la comunidad en tratar de adaptar la primera comida del día a la cultura occidental y lo desagradecidos que fuimos. Eso también es lo grandioso de descubrir el mundo: enfrentarse a situaciones que te sacan de la zona de confort y te desafían a transformarte. A apreciar la diversidad cultural de la humanidad. A comprender que somos una ínfima parte del planeta. Cómo enfrentamos los retos del camino, es parte determinante de la vivencia del recorrido. Hoy en día, con un traductor online en el celular, la posibilidad de acceder instantáneamente a los mapas y con otra madurez para viajar, sin dudas China sería otro viaje. De hecho, quiero volver, aunque diez años atrás haya querido huir de allí. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Hong Kong fue un pestañeo y, sin escalas, estábamos sumergiéndonos en las aguas más cristalinas que he visto en mi vida: las Filipinas. Le siguieron unas caóticas conexiones entre Manila – Hong Kong – Hanoi donde la madurez del grupo salió a la luz al manejar toda la situación con éxito a pesar del stress que nos causó. Vietnam, casi en un acto psico mágico, nos recibió con una hospitalidad que disipó todo mal trago atravesado. Recuerdo abrazar esa calidez, como cuando te hundes en el pecho de la otra persona resguardándote y sintiendo el calor humano. Al caminar por las calles de Hanoi logré entender este sentido de hogar tan instalado en la sociedad vietnamita. Las veredas están repletas de mesitas y sillas pequeñas donde se comparte la comida recién elaborada, a la vez que se atiende el local de comida callejera que funciona ahí mismo. También fuimos sorprendidos por la inmensa cantidad de motos que circulan en su inadmisible desorden pero que en realidad termina siendo un orden en sí mismo. Acá el desafío fue: aprender a cruzar la calle como un verdadero vietnamita. El secreto, paso decidido y firme. No hay lugar para la duda en el tránsito de Vietnam, una vez que decides entrar en él entonces toma tu lugar y mantente firme en el camino. Lo que resultó ser una de las grandes enseñanzas de este lugar. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Cuando creí que mi capacidad de asombro se había agotado, Camboya apareció para tirar abajo esa teoría. Uno de los días por Siem Reap, comenzó en la madrugada. Caminábamos en la oscuridad cuando el guía nos indicó sentarnos sobre la superficie fría para esperar la magia. Lentamente la silueta del Angkor Wat se empezó a divisar, y los bajorrelieves tallados directamente en la piedra se iban descubriendo a medida que el sol se elevaba. Aquí terminé de encontrarle sentido a aquel consejo que le habían dado a Ceci, y que ella inocentemente compartió con el grupo antes de partir: “Cuando llegues a cada lugar, toma fotos sí, pero sobre todo tomate sí o sí cinco minutos para estar presente y observar dónde estás.” </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Esa recomendación había quedado rondando en mi mente y ese día me apropié de ella. Doy fe que es de los mejores consejos que he seguido y que replico. Porque la memoria del alma jamás olvida, pero ella solo se alimenta de la presencia. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Tras una extensa estadía en Tailandia, por la imposibilidad de visitar Nepal ante el fatal terremoto que sacudió a esa comunidad en 2015, llegamos a la India. Si había un lugar que deseaba conocer con todo mi ser, era el Taj Mahal. Me enamoré de este monumento cuando con ocho años leía una revista escolar y me topé con su impactante imagen. El scrolleo analógico se detuvo para leer atentamente su historia y enamorarme aún más. Mumtaz Mahal falleció dando a luz al decimocuarto hijo del emperador mogol Shah Jahan y este quedó devastado. En el afán por mantener presente a su esposa favorita, creó el Taj Mahal: “La corona del palacio”. Taj proviene del persa y significa corona. Mahal, el nombre de su esposa, que a su vez significa palacio. Timeri N. Murari, en su libro “Taj: A Story of Mughal India”, interpretó el sentir y deseo de Shah Jahan en este gran fragmento:</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"> “I will build her a tomb such as the world has never seen, so that her memory will live as long as the sun and the moon endure.” </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">El día de la visita, repasaba esta historia mientras seguía descubriendo rincones del lugar, y pensaba si alguna vez podría volver a visitarlo. Lo loco es que no existía chance alguna de que yo tan siquiera divagara con la idea de conocerlo, mientras hojeaba aquella revista en mi niñez. Y dieciséis años después, mientras paseaba por el mármol blanco e inmaculado del Taj Mahal, mi ambición rogaba por volver algún día. La inmensidad del edificio, lejos de asustarme, me fascinaba. Caminé lento por la larga pasarela con su fuente de agua en el medio y su jardín perfectamente mantenido. Quería detener el tiempo, que la atmósfera del lugar se me impregnara en la piel para no olvidarlo jamás. Largas filas esperaban por entrar al mausoleo mientras yo observaba el conjunto amurallado de edificios bajo el arco de uno de ellos. Aquí sí tuve la certeza de que ya no era aquella Florencia que subió al avión 86 días atrás. India terminó de abrir mis ojos, mi corazón y mi alma. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">A esta altura del viaje, ya nos habíamos integrado al grupo entero y al llamado itinerario “académico”. Esto tenía dos lecturas: la primera, nos liberábamos de la tarea diaria de revisar itinerarios, chequear datos de transportes, hospedajes, de tomar decisiones sobre qué priorizar y qué descartar. La segunda, quedábamos atados a los ritmos intensos, rígidos y ambiciosos. Como lo fue el itinerario de India. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Amanecer durante varios días antes que el sol, dormir infinidad de horas en todo tipo de transportes y caminar largas distancias por templos bajo el calor húmedo del país decantó en un cansancio profundo. Un cansancio que provocó amnesia. Me doy cuenta porque al repasar el itinerario establecido para aquellos días, muchos de esos trayectos, no los recuerdo. Por suerte, las fotos dan un empujón a mi memoria. Pero me invade la nostalgia y se me oprime el pecho al darme cuenta de que no tengo registros sensoriales de muchos lugares y momentos vividos durante aquellos nueve días. La ambición de recorrer distancias enormes en poco tiempo nos arrebató la presencia. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Afortunadamente, en medio de ese ajetreado itinerario, algo me hizo frenar. Fue como si me tomaran de los hombros y me sacudieran, dejándome en evidencia que tenía dos opciones: una, tachar del mapa este país haciendo alarde de mi visita desde un ómnibus con aire acondicionado y hoteles cinco estrellas. Dos, sumergirme en ella para ver su realidad, oír sobre su fe y sentirla a través de sus condimentos que te despiertan cada parte del cuerpo. Y eso hice. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">En la única noche que pasamos en Varanasi, nos reunimos en la puerta del hotel para ir en grupo a la ceremonia Ganga Aarti. Sin atajos cómodos ni observando de lejos, sino caminando por las calles con su gente. Formábamos una cadena humana. Nuestras manos agarradas. Mirábamos constantemente hacia adelante y hacia atrás, como cuando las maestras sacan de excursión a sus alumnos y corroboran que todos sigan en la fila. Nuestros hombros esquivaban otros tantos, dado el poco espacio para trasladarse por la calle. Las conversaciones hindi de la muchedumbre, el miedo de perder de vista al grupo, las vacas que descansaban en el medio del camino, el ritmo de la caminata, el aroma de las especias que se te introducía por la nariz. Todo me ponía en estado de alerta, no por supervivencia, sino por presencia. Un atajo por entre medio de casas oscuras con telas oficiando de puertas y ocupantes descansando sobre el piso de tierra, mientras sus niños corrían de una casa a la otra, nos llevó a desembocar a las orillas del Ganges. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Lugar en el que cada atardecer hay un nuevo ritual. Entre mantras en sánscrito, música y el sonido de las campanas, se divisaban a los elegidos para dirigir esta ceremonia sobre las ghats, escalinatas. Danzaban al ritmo alegre de los cánticos mientras sostenían y balanceaban cual péndulo unas lámparas grandes llenas de aceite encendido que desprendían humo, el cual se integraba al baile. El Ganga Aarti honra el fuego mediante las lámparas, el aire con las campanas, la tierra con las flores y el éter con la presencia, buscando la purificación y la vida. Se acercaron personas a compartirnos sus elementos para entregar al Ganges en modo de ofrenda y no dudamos en ser parte de la ceremonia en vez de meros espectadores. Sosteniendo en la palma de mis manos flores y una vela encendida, me acerqué a la orilla. El río alcanzó mis rodillas y la ofrenda se alejó lentamente. Al levantar la mirada, un sij sumergido hasta la cintura me extendía su mano y me hablaba. Sin entender sus palabras, mis ojos se perdieron en su mirada profunda. Esa imagen vive en mí, porque no permití que la urgencia me robara la sensación de sentirme allí. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Cuatro destinos más quedaban por delante luego del despertar que experimenté en la India. Debo confesar que, si bien hubo “un click” en ese momento, el real proceso interno se produjo tiempo después. Mi cuerpo lo había atravesado, pero mi mente aún no lo había procesado. Más bien yo no le había dado el espacio ni el tiempo para que eso sucediera. Fue recién cuando volví a Uruguay y pasaron los días, que comprendí el cambio que estaba viviendo. Recuerdo sentirme extraña los primeros días a mi regreso. Debía volver a una rutina que se mantuvo intacta, siendo otra persona y eso me incomodaba. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Salí de viaje creyendo que me traería fotos y recuerdos, sin sospecha alguna de que en realidad volvería con otra mirada, con una mente más crítica y con la curiosidad exaltada. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Al principio pensé que las sensaciones se vinculaban a la pereza de volver a trabajar luego de cuatro meses de vacaciones. Pero fueron los años, las diferentes circunstancias de la vida y el crecer, las que me terminaron de revelar todo lo que esa experiencia me había atravesado y el gran portal que significó para mí. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Se podría pensar que la práctica de estar presente durante un viaje resultaba más fácil hace diez años atrás. Porque viajábamos con un mapa de papel y cámaras colgando del cuello. El celular quedaba olvidado en la valija, luego de avisar a la familia que seguías vivo del otro lado del mundo, porque el wifi era un lujo por el cual, la mayoría de las veces había que pagar. Sin embargo, hoy queremos dejar todo registrado inmediatamente y observamos por la pantalla del celular lo que en realidad tenemos frente a los ojos. Aun así, estar presente siempre ha sido una decisión. La consciencia plena es arrebatada constantemente por cualquier estímulo que tengamos a mano, pero los responsables por volver al momento siempre somos nosotros. Ese es el gran aprendizaje que he tenido con los viajes. Si no elijo conscientemente estar ahí, me pierdo de la experiencia. Me queda la foto, ¿pero de qué vale eso si no recuerdo lo que sentí al estar allí? Cuando registro las sensaciones que recorren mi cuerpo, el recuerdo es para siempre. Y esto es una premisa que trato de reproducir a diario. Desde el mate que me tomo a la mañana, los paseos que doy por el barrio con mi perra o ese encuentro con amigas para ponernos al día. También en momentos que se planifican durante mucho tiempo y finalmente llegan. Como por ejemplo mi viaje a México en 2022. Pandemia de por medio y a cinco años de mi último viaje, nuevamente un domingo nublado, me subí a un avión. Mi amiga la que aún odia las montañas rusas se había mudado a Ciudad de México y allá fui a su encuentro. Vivimos juntas algo con lo que las dos soñábamos: el día de muertos en Michoacán. Cuando llegó el día de regresar a Uruguay, abrazadas por la emoción de la despedida, me dijo: “No me doy cuenta si se me pasó lento o muy rápido”. A lo que respondí: “Ni lento, ni rápido. Fue el tiempo que fue”. En ese instante volví a tener la epifanía de lo sagrado que es estar presente. Se me infló el pecho de orgullo y felicidad al darme cuenta de que esta nueva Florencia ya tenía un poquito más incorporada esa práctica. No necesité de recordatorios constantes para hacer el ritual de habitar el momento, sino que poco a poco ya era parte de mí. De mi forma de viajar. De mi forma de vivir. De todas formas, me resulta inevitable ante un nuevo viaje, que venga a mi mente aquel consejo que le robé a Ceci: </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">“Cuando llegues a cada lugar, toma fotos sí, pero sobre todo tomate sí o sí cinco minutos para estar presente y observar dónde estás”. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Cada viaje me moviliza, me acerca a mi versión más auténtica y mi pasión por conocer todos los rincones de este mundo incrementa. Cuando planeo un nuevo destino, trato de hacerlo desde la postura de viajera y no de turista. Ya no me interesa tener un check-list taxativo de lugares a visitar, no negocio con itinerarios ambiciosos, ni descarto rincones escondidos. Porque cuando piso un nuevo lugar, me inundan las ganas de conocer su cultura, de hacer planes que me acercan más a la gente local y de ser posible, dejar lugar al imprevisto. He descubierto que el viajero tiene un gran poder, el de expandir las voces. El de ser eco de aquellos lugares que quizás pasan desapercibidos pero que son los que te muestran la esencia más auténtica. Porque en cada lugar siempre hay algo nuevo por descubrir mientras sigan existiendo miradas viajeras dispuestas a observar para sentir. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">De mis grandes descubrimientos para fortalecer la práctica de la presencia, fue incorporar una bitácora de viajes. Hoy no concibo viajar sin tener un registro escrito de lo que atravieso. Es la manera que encontré, junto con la fotografía, para terminar de inmortalizar lo vivido y por si acaso, sacarle ventaja al olvido. Es un ancla poderosa para teletransportarme. Como lo han sido el papel japonés de la suerte, el sticker de la virgen y tantos otros objetos cargados de emociones. En el mismo sentido, es lindo releer esas páginas tiempo después, y reencontrarme con mis diferentes versiones. Repasar mis procesos como viajera, los que comenzaron con aquel primer despegue cuando el sol me encandiló sorpresivamente al atravesar las nubes. Ahora puedo ver, que fue ese el primer llamado de atención que hizo la presencia en mí. Porque cada vez que vuelvo a volar en un día nublado, espero atravesar ese portal con las mismas ansias que una niña tiene al esperar la Navidad. Ese momento revive el cosquilleo adrenalínico que se me esparce por el cuerpo. El mismo que experimentó aquella Florencia que subía por primera vez a un avión. </p><p class="paragraph" style="text-align:left;">Viajar nos hace crecer, si es que nos permitimos ser atravesados por la experiencia.</p><p class="paragraph" style="text-align:left;"></p><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/fc89b3f9-c1e5-46b0-a6cd-20fd055a7458/22_Mar_2015.JPG?t=1780703483"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Montevideo, 22 de Marzo de 2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/9ffecc58-0119-4466-a97d-1bd4633e4f40/29_Mar_2015.JPG?t=1780703532"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Nueva Zelanda, 29 de Marzo de 2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/202ae067-c89c-434f-8e38-393e9637235c/6_Abr_2015.JPG?t=1780703562"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Australia, 6 de Abril de 2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/173a88b5-dd00-47a9-92f3-0070f57893e5/8_Apr_2015.JPG?t=1780703588"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Indonesia, 8 de Abril de 2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" 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2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/353e448d-0000-4ef1-b149-6f7bdeffad99/9_May_2015.JPG?t=1780703708"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Filipinas, 9 de Mayo de 2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/51c46867-3a59-40a0-9ae3-699f06cc0557/15_May_2015.JPG?t=1780703732"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Vietnam, 15 de Mayo de 2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" 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2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/47b522aa-84a5-478f-9c32-d406bb23c004/25_Jun_2025.JPG?t=1780703830"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Emiratos Àrabes Unidos, 25 de Junio de 2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" src="https://media.beehiiv.com/cdn-cgi/image/fit=scale-down,format=auto,onerror=redirect,quality=80/uploads/asset/file/d82f754e-3b3b-4d7c-be03-7928bb14787e/4_Jul_2015.JPG?t=1780703852"/><div class="image__source"><span class="image__source_text"><p>📍Egipto, 4 de Julio de 2015</p></span></div></div><div class="image"><img alt="" class="image__image" style="" 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